I.
Revista

viernes, 19 de septiembre de 2008

El apoyo de Carmen Martín Gaite a los nuevos escritores

Juan José Millás:
El cuerpo del delito“Me pregunté angustiado si me habría salido una novela costumbrista”

Cuando escribí Cerbero son las sombras, la presión del experimentalismo era muy fuerte. Para acabar con una novela bastaba calificarla de lineal o de costumbrista. Si la consideraban lineal y costumbrista a la vez, estabas listo. Digo a veces (medio en broma, medio en serio) que al releer el manuscrito y comprobar que tenía argumento (algo muy perseguido entonces) me quedé espantado, como el que alumbra un hijo con una deformidad inconfesable. Creo que la titulé de ese modo abstruso, Cerbero son las sombras, para ver si colaba.Por lo demás, la escribí con el propósito de no pasar nunca a la siguiente frase sin estar absolutamente satisfecho de la anterior. Trabajaba con un bolígrafo Bic, de los de punta fina, y sobre unos papeles de oficina desechados que recorté en rectángulos del tamaño de medio folio en los que hacía una letra pequeña y apretada. Lo de los papeles de desecho era un gesto de humildad metódica (no te creas que estás haciendo algo grande). Lo de la letra pequeña y apretada tenía el objeto de no saber en ningún momento qué cantidad llevaba escrita. Se trataba de que el único objetivo de la escritura fuera la escritura. La reescribí tres veces, la última en cuartillas El Galgo también partidas por la mitad y usadas por las dos caras. Cuando la pasé a máquina resultó tener ciento veinte páginas que releí y aprobé.Por aquellos días, Mauricio d’Ors acababa de fundar, en compañía de otros amigos, la editorial Nostromo, que en poco tiempo alcanzó cierto prestigio. Mauricio y yo habíamos sido compañeros y amigos en la facultad de Filosofía y Letras, de modo que le llamé, le hablé de mi novela y le pasé el original. Al poco me respondió que le había gustado, aunque no veía el modo de publicarla en Nostromo. Me pidió en cambio permiso para mostrársela a Carmen Martín Gaite, con la que tenía amistad, a lo que naturalmente accedí. Al poco, Martín Gaite dio señales de vida para decir que la novela era excelente y que había que hacer algo con ella. Yo acababa de leer en un periódico las bases del Sésamo, un premio de novela corta patrocinado por Tomás Cruz, viejo republicano que regentaba un bar existencialista situado en unas cuevas de la calle Príncipe. Le pregunté a Carmiña si debía presentar mi novela y dijo que sí, sin ninguna duda. La introduje, pues, en un sobre que me pareció que tenía algo de mortaja, fui a Correos, la certifiqué y me senté a esperar. Un día sonó el teléfono y era el mismísimo Tomás Cruz. Dijo que mi novela le había gustado mucho al jurado y que tenía bastantes posibilidades de ganar, por lo que me invitaba a acudir a la cena en cuyo trascurso se haría público el fallo. Fue a primeros de diciembre de 1974. Gané y estreché por vez primera, entre otras manos ilustres, las de Juan García Hortelano y Alfonso Grosso, que formaban parte del jurado. El premio, dotado con 50.000 pesetas, conllevaba la publicación del libro, que editó Gráficas Espejo, la editorial de la revista Diez Minutos, cuyo director, Javier Osborne, era amigo de Tomás Cruz.Fui a buscar el primer ejemplar a una especie de polígono industrial de la periferia de Madrid. Una vez en la calle, con el cuerpo del delito entre las manos, y tras alejarme prudentemente de la editorial, me detuve en una esquina donde revisé las páginas de cortesía para comprobar que ponía en ellas lo que yo había visto que ponía en los libros de verdad. Luego empecé la novela y se me hizo de noche leyéndola (era una esquina con farol). Cuando la terminé, jadeaba como si hubiera corrido la maratón y lloraba como cuando se abandona una etapa de la vida. De camino a casa me pregunté angustiado si me habría salido una novela lineal o costumbrista.
Juan José MILLÁS
EL CULTURAL, VIERNES 19 DE SEPTIEMBRE 2008