jueves 5 de noviembre de 2009
Memória e ficção em 'Retahílas' e 'El Cuarto de Atrás', de Carmen Martín Gaite
martes 3 de noviembre de 2009
El telón de Francisco Ayala.
"Soy un cómico que lleva años esperando a que se baje el telón, pero no termina de bajarse". Con estas palabras, pronunciadas en 2007, Francisco Ayala se refería a su longevidad, que se había convertido, por derecho propio, en todo un capítulo de la historia de la literatura española del siglo XX. Ese metafórico telón del que hablaba el escritor granadino, ha bajado esta misma mañana en Madrid pasadas las 12.
Ayala había cumplido 103 años el pasado 16 de marzo. Era el último superviviente de la generación del 27 y, además de ser miembro de la Real Academia Española desde 1984, tenía los premios más importantes de las letras españolas: del Cervantes (en 1991) al Príncipe de Asturias (tres años antes).
Todos los honores le llegaron cuando volvió a España definitivamente en 1980. Entonces la miel del reconocimiento sustituyó a la hiel de un largo exilio que, con la Guerra Civil, le obligó a abandonar su cátedra de Sociología en la Universidad Complutense para dar con sus huesos en Argentina, Puerto Rico y Estados Unidos.
Ayala habló del telón que no terminaba de bajarse el día que se presentaba el primer tomo de sus obras completas en Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. "He escrito demasiado porque he vivido demasiado y además lo he hecho intensamente", dijo también aquel día. Seis tomos de más de 1.500 páginas cada uno reunirán cuando terminen de publicarse una obra oceánica en la que tienen una especial relevancia la narrativa y el ensayo.
Títulos como La cabeza del cordero, Muertes de perro, El jardín de las delicias o La invención el Quijote ocupan ya un lugar de honor en la historia de la literatura. Un lugar en el que sus memorias, Recuerdos y olvidos, tienen su propio espacio dentro del género autobiográfico.
jueves 29 de octubre de 2009
Realidad y ficción en la obra de Carmen Martín Gaite
La tesis estudia un aspecto fundamental de la obra de Carmen Martín Gaite: la fusión de la realidad y la ficción, del mundo real y de la imaginación, el sueño, el recuerdo y la literatura. La primera parte analiza determinadas relaciones intertextuales presentes en su obra y la segunda se centra en el concepto de realidad.
lunes 26 de octubre de 2009
"El espíritu de la superación"

Lee el artículo completo de MARÍA AIXA SANZ, "Carmen Martín Gaite. El espíritu de la superación", en Revista Almiar. Artículos y reportajes.
miércoles 7 de octubre de 2009
Publicaciones de la Fundación Borau

lunes 5 de octubre de 2009
Spanish Feminine Literature Workshop with Laura Freixas
Spanish feminine literature workshop with Laura Freixas
Taller sobre narrativa femenina española con Laura Freixas
Instituto Cervantes Auditorium
Friday, October 30th, 5:30-8:30 pm
& Saturday, October 31st, 10 am -12 noon
El taller consistirá en analizar relatos de distintas escritoras españolas (Rosa Chacel, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Soledad Puértolas, Cristina Fernández Cubas) siguiendo unas líneas que Freixas ha desarrollado en los masters en los que da clases y en su libro de próxima aparición “La novela femenil”.
viernes 2 de octubre de 2009
«Se nos va atrofiando la capacidad de pensar por nosotros mismos. Y yo creo que es preferible equivocarse a callar. No podemos seguir actuando a golpe de silbato, de silbato mental». fuente 
lunes 28 de septiembre de 2009
Martín Gaite y Rafael Lapesa
Académica "in pectore"
ABC, 24/7/2000
Por Víctor GARCÍA DE LA CONCHA
En la última semana, el premio Príncipe de Asturias de las Letras 1988 ha perdido a sus dos ganadores: José Ángel Valente y Carmen Martín Gaite.
Al recuerdo personal, y por lo tanto doloroso, se sobreimpone también el de esa generación o promoción de los años 50 en poesía y prosa que ha ido desapareciendo de una manera prematura. En poesía, hace unos días, José Ángel Valente, pero antes Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, José Agustín Goytisolo, Claudio Rodríguez. Y en novela, Ignacio Aldecoa, Luis Martín Santos, Juan Benet, Juanito García Hortelano y ahora Carmen Martín Gaite. Una desaparición brutal de unas promociones que renovaron la Literatura a partir de los años 50, entroncándola con la modernidad europea y con la tradición gloriosa de los años anteriores a la guerra civil. A Carmen Martín Gaite le gustaba siempre presentarse como una chica de provincias, como una chica de Salamanca, donde su padre era notario y donde ella, en el Instituto, fue alumna absolutamente predilecta de Rafael Lapesa. El académico la recuerda como una niña de coletas, vivísima y con una pluma privilegiada ya de joven estudiante de Bachillerato. Y después en la Facultad. Recién llegado a Salamanca, yo invité a Carmen a que viniera a mi clase para recordar lo que había sido su formación universitaria. Y ella lo relacionaba siempre con lo que era la Salamanca que también reflejaba en su "Entre visillos". Ese mundo provinciano a ella le encantaba.
Después, he tenido un trato con ella de amistad muy intensa a raíz de haber hecho juntos, con Josefina Molina, la serie de televisión "Teresa de Jesús", en la que colaboramos en el guión Yo ponía la base documental, histórica. Josefina Molina, el esquema de dramatización de la línea televisiva y Carmen Martín Gaite, sobre esas dos bases, ya realizaba la creación literaria. Ella hizo primero una primera redacción y después nos reunimos -nunca lo olvidaré- en una "suite" del Hotel Suecia y aquello fue una experiencia para mí excepcional. Fue como entrar en el laboratorio literario de Carmen Martín Gaite, como en su escritorio. Y yo entonces admiré y fue cuando me dí cuenta de la enorme capacidad, del genio literario de esta mujer. Porque creaba Literatura de una manera absolutamente espontánea. Siempre la he puesto en relación -y se lo dije en alguna ocasión- con algo que decía Antonio Machado, por boca de Juan de Mairena: "No dejéis que se os muera la lengua viva". Y la lengua viva para Machado era la lengua hablada. Hay gente de la que se dice: "Habla como un libro, habla acartonado". Carmen Martín Gaite es lo contrario.
En sus libros, lo que hay es la frescura de la lengua viva del pueblo. De la lengua viva de la clase media, en la que ella siempre insistía: "Yo soy una chica de clase media". Y eso lo viví de una manera extraordinaria. Era formidable ver cómo creaba escenas. Era lo mismo cuando contaba cosas de su juventud. Aquellas procesiones de después de la guerra, largas procesiones con sus mantillas, en donde de repente empezaba a llover y ella reproducía lo que el cura de turno decía: "Son cuatro gotas, ofrezcánlas a Dios". Reproducía la voz. Creaba y recreaba situaciones con una enorme facilidad. Y era una excelente ensayista, no sólo novelista. Le encantaba documentarse, por ejemplo, sobre los usos amorosos del siglo XVIII, sobre el proceso de Macanaz...
Guardo otra experiencia que fue la de mi frustrado intento -uno más- para hacerla académica. Ella se ha muerto como académica "in pectore" de muchos académicos y de la Academia en general. Porque fue Rafael Lapesa y después Pedro Laín, quien le dijo que tenía que estar en la Academia y le pidió que le dejara presentarla. Y Carmen se resistió. Se resistió a Rafael Lapesa y se resistió a Laín y se resistió a Fernando Lázaro. Ya, como secretario, yo sabía que Fernando Lázaro había hecho intentos. Y después, cuando fui elegido director, una de las primeras cosas que hice fue pensar que ya habían pasado años y que dada la buena relación que teníamos por haber hecho juntos "Santa Teresa", que quizás podría convencerla. Pero no porque yo tuviera más fuerza de convicción que Lapesa, Laín o Lázaro sino por esa relación personal. Y hablé con comunes amigos. Con Jubi Bustamente y con Amancio Prada, para preparar un poco el terreno... Ella había pasado unos años muy malos, sobre todo a raíz de la muerte de su hija. Y entonces yo pensaba que había pasado algún tiempo y que quizás ahora podía ser, sobre todo cuando ya estaban en la Academia, digamos, "compañeros de su generación", como Ángel González... La llamé para quedar a cenar y nada más llegar me dijo. "¿No me habrás llamado para hablar de la Academia?" Yo le dije que sí y la encontré absolutamente cerrada. Empezó a ponerme, primero, disculpas y después me dijo lo que ella consideraba su verdad: "Mira Víctor, yo no sé hacer más que una cosa. No valgo para hacer varias cosas al tiempo y a mí me ha costado mucho asumir, que aún no lo he terminado de asumir, la muerte de mi hija y me ha costado mucho recomponer lo elemental para poder vivir.Un chamizo para poder vivir. Una tienda de campaña para poder sobrevivir. Y esa es la Literatura de creación. Eso es escribir. Y si ahora que estoy ya y que he logrado tener en pie de manera precaria esa cobertura de mi mundo de escritura, si tengo que empezar a hacer otra cosa -y yo, me conozco, si voy a la Academia es para trabajar porque en la Academia los que tenéis que estar sois filólogos que son los que tenéis que trabajar en ello- yo no puedo ahora..." Y entonces me dí cuenta de que esta mujer se había creado un refugio en la Literatura y no quería nada que pudiera poner en riesgo ese refugio que era para ella el mundo de la escritura. Y entonces me habló muy largamente, toda la noche, de proyectos que tenía, de novelas, de ensayos, de cosas que quería escribir y naturalmente yo acepté, cómo no, su explicación y comenté con mis compañeros de Academia que mi gestión había resultado fallida como la de Lapesa, Laín o Lázaro. Por eso yo digo que es académica "in pectore". Y además fue incluso de una generosidad tal que me dijo y empezó a darme nombres de posibles académicos. Decía que tenía el mayor respeto a la Academia pero no quería salir de este mundo suyo. Ella había logrado un refugio, después de los años dificilísimos que había pasado, y no quería salir de ahí.
Carmen era un torrente de vida, de gracia. Una persona a la que la vida había tratado -en alguna etapa- de manera dura y que tenía una vitalidad desbordante. Desbordante de ingenio y de ternura.
jueves 17 de septiembre de 2009
Mujer de reino inconcreto que escribe entre visillos

Larga melena blanca en mujer de ojos vivaces y una boina parisina impenitente; ésta era la escritora salmantina Carmen Martín Gaite, mujer entre visillos (título de la novela por la que consiguió el Premio Nadal en 1957) cuya imagen sigue retenida en la memoria literaria de varias generaciones. Martín Gaite perteneció a la de los escritores de la posguerra, como Ana María Matute, que acaba de publicar una novela. De Martín Gaite no habrá ya nuevas pero las que le brotaron reflejan la evolución de una mujer que maduró libro a libro. "Voy cambiando porque el tiempo te cambia y evidentemente tengo ahora más canas que a los 25 años, pero siempre se reconoce mi voz", resumió en una entrevista. Cuando contaba aquellos 25 Carmen se trasladó a Madrid y comenzó la universidad. Era 1950 y el título de su tesis doctoral da una idea de qué le interesa a la autora: Usos amorosos del XVIII en España. Tres años después, en 1953, escribe su primer cuento y, de nuevo, el título refleja lo que la autora lleva dentro: Un día de libertad. Sin embargo, y al igual que Ana María Matute, escribió desde niña. Ambas son las figuras femeninas imprescindibles en la Generación literaria española de los 50, o de la Posguerra. Carmen llegó a los círculos del que se convertiría en padre de su hija, Rafael Sánchez-Ferlosio. Desde que llegó se sintió en su sitio. Con su primera incursión, El Balneario (1955), consigue uno de los premios de mayor prestigio en España: El Café Gijón. Tres años presentó una de sus obras cumbre, 'Entre visillos', con la que gana el Premio Nadal, antaño empujón de jóvenes literatos. Desde entonces toca todos los palos: escribe dos obras de teatro, una es un monólogo, 'A palo seco', y otra es La hermana pequeña, rescatada a finales de los 90 y estrenada finalmente en Madrid en 1999. La disparidad de géneros aglutina una obra coherente en la que giran y se entremezclan tres conceptos: lo femenino, la libertad y la soledad. Juntos, estos tres elementos dan vida a espacios donde impera el riesgo y la ilusión al mismo tiempo, el ansia de vivir y el miedo en medio; escenas de miradas femeninas sobre mundos adversos que anhelan un hueco propio. Como la propia autora, sus personajes miran el mundo para relatarlo desde el prisma personal. También es un universo femenino el libro 'Caperucita en Manhattan', del que la editorial Siruela ha lanzado una edición escolar, especialmente diseñada para alumnos como vosotros e incluso para vuestros profesores. Una oportunidad para leerlo en clase, para compartilo con los compañeros, que no se debería desaprovechar. En su revisión del clásico de Perrault, Martín Gaite revuelve la imagen de Caperucita, la convierte en Sara, le sitúa en Nueva York y le anima a soñar, no sólo con lobos, ni con caminos oscuros, ni con bosques ni con abuelas sino, sobre todo, con palabras mágicas que, si las nombras, regalan una historia.






