I.
Revista

jueves, 20 de agosto de 2009

El zurcido de la realidad


La figura de la mujer y su lugar en el mundo regresan al primer plano en esta novela -como ocurrirá en gran parte de su obra posterior-, pero a diferencia del tratamiento que recibe en Entre visillos, aquí Martín Gaite ya no habla de la mujer cuya situación sigue siendo la misma y cuyo único logro es haber cambiado de apariencia, sino que en Retahílas, la escritora da una zancada ideológica respecto a su concepción de la mujer y construye un personaje femenino que no sólo quiere ser otro, sino que desea establecer una relación diferente con el hombre, dejando atrás los roles sexuales que resultan alienantes, o el feminismo de la igualdad que como Martín Gaite afirmaría más tarde «le importaba una misa». La escritora, quien con su siguiente novela, El cuarto de atrás, se convirtió en la primera mujer que obtenía el Premio Nacional de Literatura, consideraba que el alegato feminista de aquel momento se había radicalizado hasta el punto de transmutarse en un discurso dudosamente aceptable.

Con Retahílas Martín Gaite logra crear una nueva forma de diálogo entre los sexos al romper con los estereotipos de lo femenino y lo masculino. Tengo entendido que la novela causó bastante revuelo cuando se publicó no sólo por esta forma de subvertir los roles sexuales, sino también gracias a la estructura que la escritora eligió para la narración; se trata de dos monólogos, a modo de extensas retahílas, de largos desahogos, que van encadenándose en cada capítulo, dándose la vez un personaje a otro o, dando y tomando el hilo, tal y como Germán explica cuando reproduce una conversación reciente con un amigo: «(...) en el fondo, lo que se busca es como un arranque para agarrar la batuta de las cosas que vas haciendo, que necesitas verle el hilo que las traiga hasta ti de dónde sea, la relación, el proceso, es decir que no sean todo acontecimientos aislados, chispas brillando y apagándose cada cual por su cuenta». Y un poco más adelante sigue explicando: «Que tenemos perdido el hilo, ése era el estribillo fundamental: se emocionaba con haber descubierto esa verdad que le parecía tan básica, y cuando la conversación languidecía, repetía la palabra casi a secas: "Eso, Germán, el hilo, es eso, el hilo, en el hilo está todo, ¿no te parece?", como si tuviera miedo de que al dejar de pronunciarla se le escapara la posibilidad de agarrar realmente algún cabo de hilo fundamental para nuestras vidas».