I.
Revista

viernes, 12 de marzo de 2010

Miguel Delibes, pluma y caza de Castilla



Una de las carencias que más me duele es no haber conocido a Miguel Delibes. He sabido de su mirada por la de sus hijos, y tengo los recuerdos transmitidos por mis amigos del grupo Alcyon, ese puñado de entusiastas que arrastraban al maestro a sus cazatas con la impudicia de los pocos años y que le abrieron los ojos a las acuáticas, de difícil encaje en los páramos y yermas laderas de Castilla.
Pero yo no le he conocido, no sé del tono de su voz, ni del alcance de sus silencios. Como todos los cazadores, llevo sobre mí la impronta de sus escritos, que son nuestra compañía desde aquella sombra de ciprés que se alargaba necesariamente hasta Silos; porque en el siglo más prolífico en literatura cinegética, Delibes ha sido y es, quien mejor ha sabido transmitir la pasión elemental de la escopeta.
Si no sumo mal, en veintiuno de sus libros la caza es protagonista o tiene un papel importante; en ellos va dejando gotear sus vivencias y, al tiempo de presentar semblanzas del campo castellano, va diciendo como es para él la cacería.
El atuendo: gorra de visera y canana al cinto; el rival: las patirrojas y su vuelo; el escenario: el horizonte sin límites de la meseta norte. Así de escueta es la caza para Miguel Delibes.
Exige a su antagonista que sea silvestre y le llena más la perdiz de terreno libre, precisamente porque se le antoja más salvaje. En una ocasión reconoce sentir cierta amargura ante la caza abatida en los cotos porque sospecha que el cuidado que ahí recibe puede amansarla.
Su repulsa a los ojeos se debe a que hieren su sensibilidad de castellano austero, y no acepta que una actividad “arriscada y dura” se entregue “al refinamiento y la comodidad”, pero también porque no permiten prestar un homenaje individual a cada una de las perdices. Los disparos igualan todas las piezas y su cadencia no deja disfrutar del lance completo hasta que el ave rompe en tierra dejando una estela de plumas.
El esfuerzo y la satisfacción del reto cumplido se truecan en un concepto distinto y nuevo “la insaciabilidad.”
Delibes repite la imagen y el carácter del cazador individualista de los grabados decimonónicos: un perro al pie, morral al costado y toda Castilla para recorrer. Porque lo castellano le es consustancial y la finura espiritual del viejo condado aletea en sus escritos: religiosidad, silencio, sequedad que se traduce en aridez, aire limpio y economía estrecha, que conforman la reciedumbre del páramo.
Al repasar lo escrito, comprendo que si no he llegado a estrechar la mano de Miguel Delibes, me ha dejado mucho suyo… mucho del cazador que escribe.