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Revista

viernes, 27 de septiembre de 2013

Salamanca, la novia eterna

Bolaño no quiso responder a si Teruel existe o no existe, pero en su artículo para El Viajero de 2001 se nota que le encantó la ciudad. Carmen Martín Gaite añoraba las miradas adolescentes de los chicos y las chicas en la plaza mayor de su Salamanca natal, y Almudena Grandes vio, hace ya 15 años, una compañía de baile bien adiestrada en los estorninos de Milán. Lugares recordados por escritoras y escritores, como el museo parisino que hizo soñar con novelas de caballerías a un joven Mario Vargas Llosa, o las Voltolinas, madre e hija, que alojaron a Francisco Nieva en su palazzoveneciano.

"Yo nunca he podido ver la plaza Mayor como monumento. La veo como un espacio muy grato y nada solemne, donde se percibe el pulso de lo cotidiano, donde se entra y se sale varias veces al día a buscar algo, como al cuarto de estar. En mi juventud fue, sobre todo, un lugar de paseo, escenario donde se cruzaron esas miradas que preceden al conocimiento de alguien que a su vez nos ha mirado a hurtadillas. Los muchachos, por aquel entonces, daban vueltas a la plaza en el sentido contrario a las manecillas del reloj; las chicas, a favor de la marcha del reloj. Y era siempre un punto exacto en el que se producía el cruce de miradas”.

El País