I.
Revista

lunes, 26 de julio de 2010

"Es preferible equivocarse a callar"


BLANCA BERASÁTEGUI | Publicado el 22/07/2010

EL CULTURAL

Rescatamos una entrevista a la escritora Carmen Martín Gaite, escrita en 1999, un año antes de su fallecimiento. Un reflejo de las impresiones sobre la literatura y la vida de la autora

Que la literatura le ha salvado la vida es ya sabido en Carmen Martín Gaite. También que pertenece a una generación llena de ausencias, que escribe poesía, novela, ensayo y teatro, que es una mujer independiente, libre, suelta, algo descaradilla en el hablar, y que usa boina. Además Carmen Martín Gaite hace collages, cose y guisa, traduce a Primo Levi, tiene dinamita en su memoria y un cuarto de atrás que le mantiene alerta. Todo eso junto y desordenado. Como su conversación incesante y rotunda, tan rotunda como los surcos de su carita presumida. Estos días, Martín Gaite, que cuida su blanquísimo pelo y mira a la cámara con tenaz coquetería, tiene varios frentes abiertos: le estrenan en Italia su “Caperucita en Manhattan”, le reeditan aquí su Macanaz y le requieren y traducen en distintos lugares, algunos muy académicos. Pero como si nada. Todos los días, la escritora enhebra el hilo de su memoria para coser el presente. Y vive, y se irrita con la atonía de la vida pública española de hoy, y le pone frita su banalidad. Dinamita pura, Carmen Gaite tiene claro que es preferible equivocarse a callar y que es mucho mejor ir por libre en la vida, que llevar siempre dentro al jefe de la manada. Por eso no quiere pertenecer a ningún club.

A estas alturas, la casa de Carmen Martín Gaite es el collage perfecto: contiene los petachos, los colores, los vacíos y las luces de una vida vividísima. Desde el 53 vive la escritora entre las mismas paredes empapeladas de risas, de amigos, de llantos y de literatura: “Por aquí ha pasado todo el mundo, desde Martín santos a Carlos Barral, de Sueiro a Fernández Santos, Aldecoa, claro, y Goytisolo, y Semprún, y Manolo Sacristán, además de Ferlosio... Todos acabábamos en esta casa”, remata Carmen desde el cuarto de atrás, sin la menor intención de tirar del hilo del recuerdo, otra vez ya no, pero sí para confirmarme que, efectivamente, es casi la única superviviente de esa generación de amigos que vivían para la literatura.

El caramelo del recuerdo
-No es plan de estar chupando el caramelo del recuerdo. No soy tampoco, por ahora, una señora que viva del pasado. Pero tengo buena memoria y me acuerdo de las cosas. Me acuerdo muy bien de las cosas de las que ya no se acuerda nadie. Como decía el borracho señalándose el bíceps: “dinamita pura y no me meto con nadie”.

Desde la terraza de Carmen Martín Gaite podría pintar Antonio López cualquiera de sus cuadros urbanos. “Se ve todo Madrid, sí, pero no le invito, no sea que se quede a vivir aquí cinco años”, dice con los ojillos riendo. Son los únicos metros, los de la terraza, sin alboroto de papeles, libros, fotografías, carpetas, flores, chinchetas, recuerdos de Marta y de vida. Pequeñas habitaciones abarrotadas de memoria. Su dinamita pura es la memoria. Dice Martín Gaite que quien tenga descargado ese arsenal es pólvora mojada, que hay que acordarse de las cosas, sacar lo bueno de ellas y no entrar nunca en dimes y diretes. “Me pone frita ver cómo la gente discute minucias, cuando lo raro es vivir. Odio los chismes y las polémicas. Odio ese ventilar las cosas privadas en público, odio los periódicos llenos de chismes intrascendentes. Nadie podrá enseñarme una hoja de periódico que contenga alguna guerrita en la que haya participado. Nunca he abanderado polémicas”.

-Las polémicas, si son inteligentes, pueden librarnos del conformismo y la atonía general de la vida pública en la que estamos, ¿no?

- Cierto. Francisco Nieva, con ese aire juguetón y nada sermoneador que le caracteriza, se quejaba el otro día de ello en estas páginas. Lo he hablado muchas veces con él, y con Emilio Lledó, que también es hombre culto. Hoy nadie se atreve a disentir. Nadie se atreve a decir “el rey va desnudo” cuando está clarísimo que el rey va desnudo. Se nos va atrofiando la capacidad de pensar por nosotros mismos, y creo que es preferible equivocarse a callar, Todo, menos llevar dentro al jefe de la manada. No podemos seguir actuando a golpe de silbato, de silbato mental. ¿La razón? Yo creo que es el miedo a la libertad de siempre. A la gente le da miedo ir por libre; prefiere la excursión programada a explorarla selva de las palabras. Ha pasado siempre. Es el camino fácil. Y yo creo que no hay que tener tanto miedo a descarrilar.

A ningún club
- Usted, en cambio, siempre ha sido un verso suelto, quiero decir que ha vivido y trabajado siempre a su aire. Ni grupos, ni clanes, ni corrientes. Nunca ha pertenecido a club alguno, ni siquiera quiere ser académica de la Española. ¿Qué razones esgrime?

- Las razones de siempre. No quiero comprometerme a nada por lo que no sienta entusiasmo, a lo que no dedique el tiempo debido. Estoy muy honrada de que quieran proponerme, pero no. “Si no hay que hacer nada”, me dicen. Pues peor. Si no hay que hacer nada, ¿Para qué voy a ir?, “Pero si ni siquiera tienes que ir” Pues peor. Prefiero no ir no siendo que no ir siendo. ¿Me entiendes?

- Perfectamente. Pero es extraño. A casi todos les gustaría.

- Sí, pero yo soy muy rara. He decidido dedicar mi tiempo a lo que verdaderamente me apasione, y no comprometerme a cosas que no voy a saber ni poder cumplir. Nunca he hecho nada a la fuerza. Me parece a mí que siempre he sabido lo que no quería.

Estos días tiene Carmen abiertos varios frentes: se representa en un teatro de Madrid La hermana pequeña, una obra escrita hace cuarenta años, “que tal vez sea mejor como pieza literaria para ser leída que como texto dramático para ser representado”; dentro de unos días, en Milán, se estrena Caperucita en Manhattan; Acaba de reeditar el proceso de Macanaz, aquella pobre víctima de la inquisición; está terminando la traducción de Jane Eyre de Charlotte Brönte, un mamotreto de setecientas páginas apasionante, y, además, se emplea a fondo en la escritura de un ensayo sobre cine y literatura que en homenaje a Borau va a presentar dentro de unos días en Valencia. Así que empezamos hablado de cine.

- Siempre he pensado que la relación entre cine y literatura es como la del hijo y la madre, por muy unidos que estén, no siempre se llevan bien. A veces quieren imponerse uno a otro y se establece el conflicto. Yo creo que hoy el hijo quiere imponerse a la madre y en muchos escritores lo ha conseguido. Borau, del que he aprendido tanto, dice que si no hubiéramos visto determinadas películas, muchas de las novelas escritas en los últimos cincuenta años serían distintas, muy distintas. Incluso te digo más: de no ser por el cine, de no ser por el cine habría cosas que ni siquiera las habríamos pensado de la misma manera: la muerte y el amor, por ejemplo.

- Siendo como es para usted tan importante la memoria, ¿Cómo no ha caído en la tentación de publicar las suyas?

- Quizá porque me he hartado de tantas como se escriben. Me ha sofocado la superabundancia de biografías, dietarios y memorias. Además me da miedo envejecer si me pongo a recontar cosas. Temo que las cosas pasadas se me envenenen. Y como soy sana, positiva y poco morbosa, y si me pusiera a escribir mis memorias tal vez tendría que ser un poco morbosa, pues prefiero alejarme de ellas. Además ya las voy soltando, poco a poco, en El cuarto de atrás, en Fragmentos de Interior, en todos mis libros en realidad, envueltas en literatura. Así envejezco, pero no me oxido. La memoria me sirve para escribir el presente, porque amo la vida. Cuando me abandonen las ganas de escribir, ya puedes ir preparando mi necrológica.

La oscuridad en la literatura
- ¿Y no le da miedo caer en el estilo de la vejez, del que habla Goethe? ¿En esa literatura amable y ensimismada?

- A mí me da miedo caer en la pesadez y la incoherencia. Me da miedo convertirme en alguien que no controle su inteligencia. Me gusta la gente inteligente y divertida y me horrorizan los pesados. Me gustan los escritores con los que puedo hablar de literatura, como Vila-Matas, Chirbes o Belén Gopegui (en tiempos pasados, dice, eran Antonia Dans, Mayra Owisiedo, Josefina Rodríguez), y huyo de los que sólo hablan de tiradas, contratos y dinero. Huyo también de la oscuridad en la literatura, de esa tendencia a escribir complicado y difícil, tal vez por ser tan fácil. Persigo la frescura, la credibilidad y la coherencia, sobre todo la coherencia. Y no te quepa duda de una cosa: es más fácil imitar a Faulkner que a Arniches, por ejemplo, y está tirado llenar la narración de pistas falsas, como hace Robbe-Grillet, que me parece detestable.

Así de claro. Cuenta Martín Gaite que no le ha costado nunca nada tanto como la sensación de frescura y facilidad que encierra Irse de casa. “La narración oral, que los escritores rusos han dominado como nadie, es el aspecto fundamental de mi obra. Ese 'me parece que me estoy desviando, pero espérame que ahora vengo' lo he aprendido en Chejov”, dice. “Me gusta ir avisando al lector que tal o cual personaje va a tener interés. Porque me gusta mucho que el lector me siga. Yo pienso mucho en el que me va a leer, soy muy considerada con él, que bastante favor me hace leyéndome. Que una historia sea creíble no quiere decir que sea realista, ni hace falta que sea verosímil”.
Carmen Martín Gaite da estos días las ultimas puntadas a Jane Eyre, “que nunca creía que era tan buena novela”. Literalmente. Cose y traduce al personaje de la Brönte con la paciencia y el mimo que vertió hace ya años entre visillos. En eso no ha cambiado nada: le sigue gustando coser y pegar y se apasiona con los mismos tipos femeninos de la historia de la literatura. Ha traducido Madame Bovary y Cumbres borrascosas, se ha metido en la piel de Virginia Wolf, de Natalia Gingzburg... “Casi todo lo que traduzco son obras de mujeres”. Y al mismo tiempo, le gusta presumir de “maruja”, y hablar de pespuntes y de guisos con la misma pasión y rotundidad que de la última obra de Primo Levi.

La semana que viene se marcha a Milán, a revisar los ensayos de la compañía Colla, que pone en escena su Caperucita en Manhattan. En su mesa abarrotada de memoria tiene ya la escritora los dibujos de la escenografía. Otra cosa más de la que hablar con Marta, su hija desaparecida y fotografiada en todas las paredes.


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