I.
Revista

viernes, 26 de noviembre de 2010

En el paraíso de la infancia

Se apoya en una muleta al andar pero en sus actos públicos prefiere las bebidas destiladas al agua. Y es que Ana María Matute no es, aunque pueda parecerlo, una mujer frágil. "Yo no escribo para divertir, escribo para inquietar", defiende esta octogenaria que ha sabido trascender, mediante la belleza de su obra, su pesimista visión del mundo. Un mundo cruel que en 1963 le arrebató la custodia de su hijo, "lo más importante de mi vida, por encima de la literatura"; y que la sumió en una depresión que la apartó 20 años de la escritura, justo cuando con La torre vigía (1971) abandonaba el realismo para cultivar esa veta fantástica con la que retomó su carrera en los años 90. No importa que una parte de sus colegas y de la crítica literaria haya intentado minusvalorar esa segunda parte de su obra, que con títulos como Olvidado rey Gudú la han acercado a nuevas generaciones de lectores que nada tienen que ver con aquellos otros de los años 50 que pasaban frío y soñaban con juguetes de cartón que nunca recibían en el Día de Reyes. Su compromiso con la lengua española, ese tejido del que está hecha su obra, ha sido constante desde finales de los años 40, cuando con Los Abel (1948) tomó el testigo de Carmen Laforet y su mítico Nada (1944) para construir nuevos modelos de mujer -fuertes, desencantadas, de ojos asombrados- desde la Barcelona oscura y culturalmente opresiva de las dos décadas posteriores a la Guerra Civil. Los frutos no se hicieron esperar y su novela Primera memoria (1960) es, como Entre visillos de Martín Gaite y La plaza del diamante de Mercé Rodoreda, uno de los grandes hitos del cambio de rumbo asumido por la literatura en la segunda mitad del siglo XX.

Tampoco ha sido escasa su influencia en las sucesivas generaciones de escritoras. Ayudó a Lucía Etxebarria a publicar su primera novela, Amor, curiosidad, Prozac y dudas; iluminó el debut de Espido Freire, cuya inquietante niña de Irlanda está en deuda con muchos de sus personajes y, para maestras del relato como Cristina Fernández Cubas, "leerla y tratarla ha sido uno de los conocimientos literarios y personales más importantes de mi vida". Por eso, no es de extrañar que su editorial de siempre, Destino, le organizara una gran fiesta en el madrileño hotel Ritz con motivo de la presentación, en diciembre de 2008, de Paraíso inhabitado, su última entrega hasta la fecha de madres castradoras, unicornios, padres ausentes y amigos cuya pérdida nos aboca a la fatalidad del mundo. Ni que, entonces, la asturiana Ángeles Caso manifestara públicamente que "es una vergüenza que todavía no le hayan dado el Cervantes". Ayer, para todas ellas, fue un inmenso día de fiesta.

Charo Ramos, Diario de Sevilla